Vamos al grano.
Olvida vender tu producto.
Eso es para novatos.
Aquí el truco es vender la experiencia.
Agitar al cliente. Impactarle. Qué vibre!
Hacer “vibrar al cliente” es crear una experiencia de compra tan guapa y única que el cliente se sienta emocionalmente conectado a ti y tu producto.
¿La clave?
No es el qué, sino el cómo.
Dos cosas antes:
Una. Vender experiencias te hace sobresalir de los panes sin sal.
Dos. Te permite subir los precios si te interesa.
Más claro, agua.
Por ejemplo, imagina que vendes cafeteras.
No vendes una máquina; vendes el aroma del café en la mesa de camilla de tu abuelica.
O la sensación de una charla de puta madre con un amigo cojonudo en una acogedora cafetería.
Otros ejemplos no tan bucólicos y mucho más aburridos…
Piensa en una formación sobre higiene alimentaria para empresas.
No vendes solo conocimientos, no sólo la tranquilidad de estar en regla con la ley, si no la satisfacción de proteger la salud de tus clientes.
Y qué me dices de vender ruedas industriales.
No vendes solo un componente; vendes la eficiencia de un almacén que funciona como un reloj suizo, la seguridad de un transporte de mercancías sin incidentes y la imagen de una empresa que se preocupa por la ergonomía de sus trabajadores.
Todo se trata de la emoción que seamos capaces de transmitir con palabras.
Todos lo demás, panes sin sal.
Genera la emoción correcta con palabras y gestos y el cliente es tuyo. Si no, olvídate de la venta.
Y esto vale para todo.
Mientras los panes sin sal ven números, tamaños y colores, tú crea experiencias. Incluso vendiendo algo tan aburrido como los anteriores productos.
La venta puede ser un rollo, pero sin ella, no hay negocio.
Según dicen los libros, motivación y movimiento vienen de la emoción. Invierte en experiencias, no en turras infumables.

